miércoles, 18 de enero de 2017

Las Noches de Soledad

Hola a todos y bienvenidos. Ésta es la primer historia corta que me animo a compartir. El principal enemigo de un escritor suele ser uno mismo. Al menos eso me sucede a mi. No es que me considere un escritor, tan solo tomo el rol que deseo tomar. El vocabulario es tan amplio y rico que las palabras nos permiten  describir hechos, acciones, lugares y diversas situaciones en donde un mundo puede llegar a ser creado y descrito con total realidad o tal vez un mundo fantástico en donde nos haga creer que el dicho mundo o universo es real. 
Es mi primer blog real y espero que ustedes, lectores, me ayuden a mejorar y compartir lo que de mi cabeza sale. Desde ya muchas gracias a todos y espero que les guste.  




Las Noches de Soledad

Tres paredes, un techo, en la pared restante tan solo rejas. De las paredes parece brotar constantemente la humedad, a tal punto de dejar los rastros en las mismas tan solo revoque, sin pintura y una mínima ventana con barrotes que hacen juego con los de la entrada principal. Ambos juegos de barrotes grises, atiborrados de óxido. De todas formas, los huéspedes no prestarían queja alguna por la falta de comodidad o lujos.
Dentro de las comodidades se encuentran dos bancos de cemento cubiertos cada uno de lienzos mugrientos que simulan ser camas. Un inodoro sin tapa, ni biombo, ni cortinas, ni siquiera un papel que diera privacidad. Y lo más desconcertante todavía, un hombre sentado frente a mí. Un hombre cuya mirada penetra lo más profundo de mis intenciones. Un hombre que no dice nada, pero lo dice todo a la vez. No sé su nombre, su edad, no sé nada de él. Y él, a su vez, siento que es mi propio reflejo ya que ninguno sabe nada del otro. Al menos yo no sé nada sobre él, pero sospecho. Al haber sido encerrados los dos al mismo tiempo estoy casi seguro que es el conserje del edificio en donde vivo. Siempre lo imaginé así, con sombra en su rostro que a duras penas permitía identificarlo. Sin embargo podía ver algo de él, más allá de su exterior oscuro. Sus ojos me repiten constantemente "te conozco, se quién eres, se de lo que eres capaz". Lo confieso, no tengo la más mínima idea de a qué se refiere. Como así tampoco sé que estoy haciendo aquí.

I
Mi nombre es Juan Carlos Pérez y eso ya es una síntesis de mi vida. Un nombre compuesto común, obvio. Un apellido común, exageradamente común. Tengo 43 años, soy soltero. Y soy empleado administrativo en el ministerio de seguridad de la nación. Trabajé muchos años en la ya disuelta cide y mi paso por dicha organización fue tan significativo como el trabajo que ahora realizo, elaborar actas eternas de personas que no me agradan. De personas a las que no les agrado, lo cual compensa un poco lo antes mencionado. Vivo en un departamento de un solo ambiente, el departamento 21, piso 2. Mis posesiones: Dos sillas (una sin uso, más que el reposo de mis pies en días “estresantes” por llamarlos de alguna manera), una mesa de madera vieja y rayada por los años, una cama de una plaza, cubierto para dos, vasos para dos, vida para uno. Siempre compré cosas para dos, no sé si por ilusión a tener una pareja o por vergüenza ante la cajera de la despensa de en frente. Es solo que no sé cómo… De qué forma… No se… tal vez esté destinado a vivir y perecer solo. Tampoco es una preocupación. Vivo y eso ya es suficiente.
Los días se han vuelto difíciles en materia económica, lo que me obligó a trabajar horas extras. Nadie me extraña en casa. Intenté tener una mascota. Un pez, pero… digamos que… no funcionó. En fin, luego de desayunar y beber mi medicación salgo de mi departamento a las 8 de la mañana. Pleno centro de la ciudad. Colectivo, subte, listo. Casi siempre llego a horario, entro a las 10 de la mañana y a las 18 ya completo mi jornada simple de trabajo. Nadie saluda al llegar y nadie saluda al despedirme. Otra jornada exitosa en la vida de Juan Carlos Pérez.
Sin embargo, las últimas tres semanas extrañamente se volvieron movidas. El trabajo extra redujo sustancialmente mis horas de sueño y mi eficiencia en el orden, que nunca fue acertada y a partir de este cambio mucho menos lo fue. Las horas extras solía realizarlas hasta cercanas las 2 de la mañana, no era algo atrapante, tan solo ordenaba archivos, arreglaba y remplazaba carpetas desgastadas, etc. Lo mejor de todo era que al ser el último en retirarme, podía marcar la tarjeta al horario que yo quisiera. Incluso con extremada insignificancia de mi trabajo podía retirarme hasta un máximo de dos horas antes-
La madrugada del jueves 17 de noviembre me expuso ante una difícil decisión: de dejar los platos sucios o no desayunar la mañana siguiente. En realidad, difícil no fue. Llegué puntual al trabajo habiendo sacrificado mi desayuno rutinario para enfrentar el último agotador, demandante y extremadamente aburrido día de la semana. Obviamente, no tenía planes para el fin de semana. Nunca los tuve. La jornada “exitosamente” concluyó y decidí ir a mi dulce, dulce hogar, esperando encontrar, como siempre, todo en un espléndido y confortable desorden. Fumé un cigarrillo en la entrada del lobby del departamento y luego ingresé.
Grande fue mi sorpresa al descubrir algo que nunca hubiera imaginado. Algo que no hubiera sido posible bajo ningún punto de vista. El departamento estaba ordenado. Aunque ese no era el único cambio. Sobre la cama reposaba una hermosa dama. Se la podía ver entre los huecos de la silla de mi lujoso comedor. Era joven, de unos 27 años, rubia. Su cuerpo lo completo mi cerebro, ya que mis ojos solo veían su rostro que se iluminaba con la luz de la calle que asomaba por la ventana.
Encendí la luz y la exaltación fue mayor. La joven dama yacía desnuda. Despojada de remera, camisa o lo que sea. Despojada de joyas y/o accesorios. Despojada de timidez, vergüenza o miedo. Y lo que destrozo aquella imagen sensual y atractiva fue que aquella belleza yacía despojada de alma.
No era un espíritu, ni nada paranormal. Estaba muerta. En mi propio departamento. En mi cama. No fue solo una sensación. Fue una comprobación. Al tocar su muñeca izquierda me fue imposible sentir su pulso. Intenté sentir su respiración en mis labios y nada salió de ella. Por último, coloque mi oreja derecha sobre su pecho y su corazón no latía. Definitivamente estaba muerta.
Una persona muerta en mi departamento. Del lugar en donde solo yo tenía una llave. Si no había sido yo el culpable, quien? Cómo sucedió? Cuándo?. Tan solo podía resolver una de las tres preguntas. Yo no había sido el culpable. Esa muchacha nunca la había visto en mi vida. Pensé en llamar a la policía, aunque hubiese sido extraño. “Hola, ¿policía? Hay una persona muerta en mi departamento, soy soltero y no la conozco”. Muchas dudas habría sembrado no? Al instante recordé una situación. Entre medio de tanta parálisis sensorial había recordado una oportunidad en la que había olvidado mi llave del lado de adentro de la puerta al momento de salir para mi trabajo. Era una de esas que solo se abren de afuera con el uso de una llave. Llamé al conserje y él poseía una copia de la llave. Me dijo que qué vaya a trabajar tranquilo. Él me facilitaría su copia hasta que yo recupere mi llave. Al volver y pasar por conserjería, de la puerta colgaba una bolsa de papel arrugada con el apellido Pérez escrito con un fibrón azul. Adentro estaba la llave y una nota: “Al recuperar su llave, deslícela por debajo de mi puerta.”
Definitivamente, si había un culpable debía ser el conserje. Digno relato de una de las mejores novelas policiales o incluso de una de las noticias diarias. Ya me parecía revivir el título de la noticia: “El conserje, el asesino, intento inculpar a inofensivo huésped.” Nunca nadie lo había visto en el edificio, por raro que esto parezca. Era un ser sombrío y lo digo desde sus actitudes. Al momento de alguien realizar algún reclamo o solicitar una reparación, el hombre intentaba resolver el conflicto a través del teléfono. Si era extremadamente necesario salía de su habitación pero en horas en que nadie lo vea. Jamás supe como lo hacía, tal vez habrá sido una de esas personas que vi en algún momento en algún pasillo. Ya que siempre fue cauto en nunca usar su uniforme. Posiblemente hubiese tomado esa decisión para evitar que lo paren a cada rato por insignificantes vicisitudes al salir a resolver algún caso de fuerza mayor. 
Titubee ante aquel posible desatino. No por dudar de mi inocencia. Si no por el actuar de la justicia.
Despejé mis dudas inmediatamente y llamé. “Policía, quiero reportar un asesinato. Hay un cadáver en mi departamento. Creo que fue el conserje del edificio. Al menos es el único posible. Incluso intentó inculparme.”
Cinco minutos demoraron los tres patrulleros en llegar. Tal vez por la cercanía de la comisaria. Tal vez por la importancia del ilícito.
Los peritos lo confirmaron inmediatamente. La víctima había fallecido por una sobredosis de heroína. Dentro de las muestras de ADN se encontraron: huellas digitales en el brazo derecho, saliva en los labios de la víctima, tres cabellos sobre el pecho de la mujer además de verse a simple vista de los ojos expertos de los peritos, signos de violación. Cada una de las muestras de ADN apuntaban a una solo persona: Juan Carlos Pérez.
Mi detención fue inminente.
Mi corazón se aceleró de manera indescriptible. Cada uno de mis movimientos controlados por el impulso de aquella situación nerviosa, había entorpecido la investigación e injustamente me había auto incriminado. De todas formas, continuaré esperando. Sé que tarde o temprano la justicia me dará la razón y aquel conserje pagará el mal que le causo a aquella dama. Mientras tanto seguiré esperando. Ante la mirada juzgadora de este hombre con el que me veo obligado a cumplir la condena ajena.


II
Yo soy un hombre solitario. Incluso cumpliendo mi condena junto a un hombre llamado Juan Carlos Pérez, me siento demasiado solo. Desde siempre la soledad fue parte de mi vida. Mi némesis, mi cruz, mi obstáculo a sortear. Mi trabajo también era solitario. Continuamente atendiendo las consultas de cada individuo. Proveyendo soluciones con tono irónico y despectivo. Tal vez por eso las personas no congenian con las personas de mi gremio. “Un sueldo de gusto”, he escuchado por ahí. No es algo que me irrite. Yo trabajo, y por ello cobro. Bien por mí!
Siempre me fue difícil mantener una relación. Y no solo me refiero a relaciones amorosas. Siempre quise tener una relación. Y aquella rubia preciosa que cruzaba siempre por mi vereda, era un terrible culebrón en la novela de mi vida. Su sonrisa era pura, y a la vez sugerente. No solo su sonrisa me cautivó, sino que también su mirada. Esos ojos pedían algo. Me estaban reclamando algo. Y luego de tres semanas de verla insinuarse de esa manera me decidí.
Tuve que sufrir quince días seguidos de aquel calvario. No podía permitir que aquella situación me sobrepasara. Intuía que ella no se iba a negar. Sabía muy dentro mío lo que ella buscaba. Conocía mis gustos y mis intenciones. Sabia donde debía hacerlo. Sabia como y también cuando. Tan solo una habitación permanecía vacía en todo el edificio.
Jueves 17 de Noviembre, medianoche. Este día pasó temprano por el umbral del edificio. Fingí un tropiezo y la inocente se acercó hasta mi a ayudarme.
Tal vez debí sentir culpa, pero no fue así. La soledad me había transformado. Esa mañana antes de comenzar mi jornada laboral, había llenado una jeringa con diazepam, un potente sedante. Aquella dosis podría haberla dejado dormida para así yo satisfacer mis necesidades masculinas e incluso hacer que aquella muchacha se olvide por completo lo sucedido.
Al acercarse tomé la jeringa y la clave en su cuello, vertiendo todo el contenido de la misma en su cuerpo.
La joven cayo rendida inmediatamente de acuerdo con lo planeado. La llevé por el ascensor hasta el departamento 21, piso 2. El único que casi siempre se hallaba disponible. Pedí disculpas al señor por lo que estaba a punto de suceder, aunque sé que el amor no es un pecado.
Con el mayor de los cuidados y gentilezas retiré sus ropas.
Guardé sus aros en mi bolsillo y me senté a su lado a observarla. Tan solo eso necesité durante 15 minutos. Describir lo consiguiente no sería necesario. Bastaría con decir que sentí así el bienestar. Creo que comodidad tal había sentido solamente en el vientre de mi madre. No podía describir aquella experiencia tan especial.
En mi interior sentí que aquel principio, avecinaba un gran final para mí. Descargué mis 43 años de impaciencia en aquella señorita de labios carnosos. Fue la única mujer en mi vida. Y lo va a seguir siendo por siempre.
Al finalizar, al intentar vestirla, descubro con horror que la muchacha había dejado de respirar. No necesitaba estudios para darme cuenta de que la joven llena de vida y vigor que había encantado a este solitario hombre maduro había dejado de existir en un santiamén. Tal vez la dosis no fue la indicada. Para saber eso si hace falta ser un profesional.
Tantos días de películas no fueron en vano. Limpié el cuerpo lo mejor que pude. La lavé con paños húmedos y servilletas de papel. Los nervios me ganaron de tal forma que no podía recordar las condiciones del departamento. Así que con mis más asombrosas habilidades limpié y decoré aquel desastre. La escena era perfecta, solo que con un cadáver en el medio. Inmediatamente salí de la habitación incluso salí del edificio.
En la puerta del lobby del departamento encendí un cigarrillo y luego ingresé nuevamente.
Juan Carlos Pérez tal vez nunca sepa lo que realmente ocurrió. Estoy seguro de que su historia es distinta a la mía. Él vivirá incansablemente buscando la verdad, buscando justicia, incluso aunque la justicia lo haya alcanzado.
La persona cuya mirada penetra lo más profundo de sus intenciones. Es la mía. Y es la suya a la vez.
Juan Carlos Pérez se juzga a si mismo cada día y así lo hará por el resto de sus días.
Yo soy la persona que lo observa. La persona que él ve. Yo no estoy enfrente de él. Yo estoy dentro de él. Él soy yo. Y tal vez él nunca lo sepa.
El sí. 

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